Nosotros.

Cuando hombre e incertidumbre se encontraron, nació Dios. En ese momento fue concebido, hijo del hambre y la necesidad, de la orfandad y el miedo, bendito como el fuego en medio del oscuro desierto de una larga, helada noche, regazo y consuelo luego del cataclismo. Respuesta a la dimensión trágica del mundo. Hogar de los inermes, que somos todos.

No parece ser Dios quien nos creó, sino nosotros quienes lo creamos a El, como un ser enajenado, intocable y lejano. Igual a toda creación humana, es un Dios inexacto, no siempre justo, sinuoso y relativo. Pedófilos, asesinos, violadores, genocidas, ladrones, tiranos y estafadores andan sueltos por las calles, libres de todo mal, sin pagar por los crímenes cometidos. Madres lloran a sus niños muertos, a sus familiares desaparecidos, a sus seres queridos ultrajados, quemados, sepultados debajo del olvido, torturados hasta la agonía, presos injustamente, esperando ser excarcelados. Gente buena es víctima de gente mala cada milésima de segundo. Y Dios, con su mirada transida y brazos generosamente abiertos, rodeado de una luz incierta que promete irradiarse eterna, vive más arriba que arriba, en un paisaje celestial que no sabemos de qué espeso gas se compone.

Mientras, millones de mortales miramos a través de sus ojos impasibles que nunca haremos lucir como los cristales rotos en añicos que son; escuchamos a través de sus oídos el reverbero de antiguos fragmentos de la historia, que se repiten, y se repiten, y se repiten porque, por más que evolucionemos en nuestras formas, en el fondo, desde que desenvainamos la primera espada, y antes, desde que tallamos de una piedra la punta de una lanza, somos los mismos problematizados entre la razón y el instinto. Cada quien, en nombre de esa deidad que sentimos omnipresente y omnisciente, obtiene y peca, aporta y reinventa, ama y dota, devasta, lega y existe. Lucha por sobrevivir a su muy peculiar manera. Es. Se miente. Cada uno se acomoda como puede en este planeta que ruge, que está vivo, que late, que aún erupciona y se reconfigura, como desde hace millones de años.

Quizás Dios sí exista, quizás se trate de una fórmula matemática, absoluta, perfecta, que todo lo resolverá, que todo lo preverá, que todo lo calculará, salvo claro, nuestras muy íntimas inquietudes acerca del amor, el honor, la envidia, la gula, la lujuria, el vicio, el deseo, la ambición, pues a pesar que vivimos en medio de una era de conocimientos sobre partículas subatómicas y drones en el aire, a pesar que conquistamos Marte y cargamos con el tiempo en el bolsillo, no logramos vencer nuestros propios y pequeños vicios, que resultaron ser los más grandes enemigos de la especie. Cuando encontremos a Dios en esa fórmula infalible, quizás podremos lidiar con los desastres naturales. Pero seguiremos aferrándonos a ese otro ser que desde allá arriba, más arriba que el cielo de todos los cielos conocidos no resuelve y sí acompaña, para así sentirnos reflejados más allá de nosotros mismos, esperanzados, ilusionados, abrigados, refugiados, escuchados.


Una inexactitud.

Vivimos en un mundo donde las etiquetas lo son todo. Etiquetamos a la gente sin saber quiénes son en verdad. No vemos más allá de los rumores, chismes, más allá de lo que escuchamos. No nos damos cuenta que esa persona es mucho más que lo que la gente cree que es.

Las etiquetas que ponemos, ya sea a otros o incluso a nosotros mismos, de tanto escucharlas y pensarlas, terminan siendo verdad. No debemos limitar a nuestro prójimo y no te debes limitar a ti mismo. Tú eres quién decide quién eres. Tú decides que te gusta, que no te gusta, que te apasiona, te aflige, te emociona, te hace sentir más grande que el universo, que te hace sentirte TÚ mismo.

Una etiqueta o catalogarte como solo una cosa es condicionar y recortar tantas cosas. Eres más que una sola palabra. Eres risa, eres llanto, dolor, alegría, eres amor, eres el deporte que disfrutas practicar, eres las personas que te rodean, eres tu pasión, eres la lluvia, el día, la noche. Tu no eres “gord@”, no eres “flac@”, “fácil” o incluso “dificil”, tú eres lo que piensas, eres cada y uno de los sentimientos que te inhiben la mente por las noches, eres aire, eres alegría, eres VIDA.

Cuando sientes que una etiqueta te describe o entras en una categoría, quiere decir que tienes un largo camino por recorrer. Probablemente te falte conocerte, te falta sufrir, llorar, sentir. Te falta saber que te hace sentir vivo, que te hace sentir que mereces estar en este momento, aqui, con estas personas. Encuentra tu voz, descubre tu arranque, lo que te inclina a levantarte cada mañana. Busca y encuéntrate envuelto en millones de motivos para ser quién eres.

Nunca dejes que una persona te etiquete y te diga quién eres. Aunque sea muy difícil de creer, nadie te conoce mejor que tú mismo.

Las etiquetas son algo superficial, son un engaño para los que te rodean y para tí mismo. Las etiquetas no son nada más que una increíble inexactitud.


Lo vivido.

Como muchos de ustedes, tuve metas inalcanzables y otras que podían ser tangibles con sólo poner voluntad de mi parte; sin embargo, antepuse los deseos y expectativas simples  y, créanme, no estaba satisfecho con mi vida: me sentía incompleto, frustrado y fracasado. Fueron años de vivir conformándome con poco o nada, perdí la ilusión y mi norte, en pocas palabras, no tenía motivos para luchar.

Quizá lo peor de todo es que sabía qué quería hacer con mi vida, pero nunca tuve el coraje para luchar por ese sueño; siempre sentí que, aunque lo que había estudiado me atraía, pero no me generaba el placer que se requería para ocupar nueve o más horas de cada día laborando en ello. Más triste aún, es que me metí en esa situación por voluntad propia; me costó muchos años y valentía poder poner la cara a la realidad y comprender que si seguía así, no sólo iba a seguir estancado, sino que iba a estar muerto en vida, me sentía como un zombi; y que me iba a llevar a mis seres amados en mi largo descenso hacía la amargura.

Fue tiempo después, luego de haberme caído y levantado más veces de las que puedo recordar, que tuve la oportunidad de dedicarme a lo que me gustaba y apasionaba hacer; eso de una u otra manera generó un cambio en mí: empecé a ver cómo todo a mi alrededor cambiaba y la vida al fin tenía un significado.

Es cierto. Conozco personas que tienen no sólo el empleo o el negocio que siempre soñaron, sino que además son exitosos en eso, pero su vida familiar no les complace, o están divorciados o en proceso de separarse, por poner un simple ejemplo. La vida es un justo equilibrio, un compendio equitativo de situaciones que si bien no siempre van a salir bien, por lo menos permitirán que hallemos un camino a seguir. Se trata de ser felices con lo que hacemos, y compartir esa felicidad con los nuestros, sentirnos plenos. Estando junto a nuestros seres amados, tendremos fuerzas para luchar por lo que deseamos, que a la larga significará el bien común para la familia.